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miércoles, 5 de septiembre de 2007

REFLEXIONES EN TORNO A UNA VISIÓN SISTÉMICA DE LA CONDUCTA PERTURBADA


César Enrique Vásquez Olcese

“Es correcto (y constituye un gran avance) comenzar a pensar en los dos bandos que participan en la interacción como dos ojos, cada uno de los cuales da una visión binocular en profundidad. Esta visión es la relación".
- Gregory Bateson -


"Nuestra mayor limitación es presumir que somos individuos”.
- Pir Vilayat Khan -

Gregory Bateson, el gran científico inglés y uno de los padres de la cibernética, planteó en una oportunidad la siguiente situación (Minuchin, 1982): imaginemos a un leñador tratando de cortar un árbol con su hacha. Es una situación sencilla que entraña una actividad también aparentemente sencilla, que no requiere de mayor esfuerzo para su comprensión. Sin embargo, nos dice Bateson, las apariencias engañan. ¿De quién depende talar el árbol? ¿Del leñador? ¿Del árbol mismo? ¿Del hacha? ¿Cuál es el factor determinante en esta actividad?. Si nos dejamos llevar por el sentido común, entonces probablemente daremos mayor importancia al leñador; es así que buscaremos averiguar algo sobre su peso, talla, fuerza muscular, estado general de salud, experiencia, motivaciones, etc., con el fin de conocer qué es lo que hace, cómo lo hace y por qué. Centraremos nuestra atención en el individuo y profundizaremos en él, utilizando un proceder que podríamos tildar de "clínico". Si damos énfasis al hacha, entonces averiguaremos algo acerca de la marca, el filo, el tipo de metal, la longitud del mango, etc. Si nos centramos en el árbol, veremos a qué especie pertenece, su edad, dureza, grosor del tronco, sequedad o verdor, y demás.
De manera similar a lo que hacen los cinco ciegos de la fábula (que tratan de explicar, cada uno por su lado, cómo es un elefante), al centrarnos en uno u otro factor específico estaremos seccionando un fenómeno que es en sí complejo y pluricondicionado, y obtendremos como merecido premio retazos de realidad. Según Bateson, en este caso tendríamos la ilusión de que el hombre, el leñador, corta el árbol según su libre albedrío; que da los hachazos dónde y cuándo se le viene en gana, y con la fuerza que se le antoje. Caeríamos, así, en la visión lineal tradicional de causa-efecto, donde el leñador sería la causa y los estragos que produce en el árbol, el efecto. De resultas de esta forma de pensar, podremos elaborar mil y una teorías para entender qué es lo que lleva a un prójimo a tomar un hacha y a emprenderla a golpes contra un árbol. Podremos recurrir, como ya es sabido, a los complejos, los aprendizajes y el refuerzo, el cerebro y sus hemisferios, la tendencia al crecimiento, etc.
Una visión más integradora nos llevaría a constatar que entre el leñador y el árbol hay acción recíproca, interacción. Que el árbol no tenga voluntad y conciencia, que sea estático, no significa que no tenga participación. Sus características intervienen activamente en el proceso en calidad de información, junto con las del hacha, para regular la actividad de cortar. En cada hachazo el leñador emite información (velocidad, fuerza, ángulo y certeza del golpe) y a la vez la recibe en su sistema visual y propioceptivo. Esta información sale y retorna, y le dice a nuestro trabajador si va bien en su faena o si debe imprimirle más o menos fuerza. En cierto modo el árbol, a través de sus características, está indicando cómo hay que cortarlo. Sin ello esta tarea tan "simple" sería prácticamente inejecutable. Y esto, sin tomar en cuenta otros múltiples factores que intervie­nen e interaccionan, como la hora del día, la luz disponible, la altitud, el calor, la humedad, el viento, lo empinado del terreno y un largo etcétera.
De esta manera, la prosaica labor de nuestro leñador se torna en una actividad compleja, guiada por los principios de la retroalimentación entre las diversas variables intervinientes; es decir, se convierte en un sistema cibernético (Watzlawick, 1997).
Ahora bien, ¿cuáles son las implicancias de lo expuesto líneas arriba para el campo de las ciencias de la conducta?
En principio, como dice Bateson, nos lleva a replantear nuestro concepto de lo "mental". Es así que lo mental deja de ser esa oscura variable subjetiva, que ocurre sólamente en el interior del cerebro (y que toma en cuenta el entorno sólo de pasada), para convertirse en un proceso interaccional, relacional y realmente holístico. La mente no es sólo el producto o el efecto del entorno en el cerebro. La mente es relación; es el cerebro en interacción con el entorno. Es esa interacción, y no otra cosa, lo que llamamos mente. De allí que Bateson llame a su enfoque "ecología de la mente" y que se refiera a ésta como extracerebral (Bateson, 1972).
Si esto es así, el estudio de la conducta perturbada y la psicoterapia misma deben ser asumidos en términos relacionales, para ser eficaces. La familia, la pareja y los demás grupos de referencia deben ser incorporados al análisis y comprensión del sujeto como elementos primordiales, y no sólo como meros telones de fondo. La adopción de la epistemología circular, que está por encima de la búsqueda de causas y efectos, centrándose más bien en la observación de relaciones, en la interacción y la retroa­limentación de los sistemas complejos, es el paradigma más adecuado (Keeney, 1987).
Para ejemplificar esto, veamos un caso clínico real, tomado de nuestra casuística. Se trata de un niño de cinco años que asiste a una escuela inicial. Lo llamaremos "Juanito", en honor a los casos homónimos de Sigmund Freud y John B. Watson. Juanito, refieren los padres, es una pequeña gran pesadilla. Es inquieto; pega, muerde e hinca con el lápiz a sus compañeros; agrede y no hace caso a la maestra, y no se está tranquilo dos minutos seguidos. En casa demuestra una conducta similar, lo que lo hace acreedor de golpes, castigos, amenazas, ruegos, sobor­nos, etc. Nada parece funcionar.
¿Qué podríamos decir de este niño desde nuestra habitual forma de ver las cosas? Probablemente que es hiperactivo, que tiene déficit de atención o daño cerebral, que presenta conducta disocial y que es un psicópata en potencia, que está traumatiza­do, que tiene una historia de reforzamientos inadecuada o, por último (y sin saber muy bien el rol que esto juega), que tiene un padre alcohólico, trastornado o que los papás no se entienden. Sea porque le nace o porque está traumatizado, al igual que en el caso del leñador, estaríamos atribuyendo aquí las "causas" al niñito de cinco años, el cual, pese a su juventud, parece tener más fuerza que su hogar y toda la institución escolar juntos. Nuevamente cometeríamos el craso error de ver la conducta fuera de contexto y sin la interacción con otros elementos. Verlo de otra manera, más integral, supondría en primer lugar recordar que el niño pega, desobedece o muerde a alguien concreto en un lugar específico, y que los agraviados, al igual que el árbol frente al leñador, tienen determinadas características y maneras de reaccionar. Es decir, que la conducta perturbadora se da en la interacción, en relación con alguién, y que al parecer dicha interacción tiende a mantenerla y perpetuarla.
Pero, ¿será Juanito así en todos y cada uno de los contex­tos que lo rodean? ¿Se portará mal en todas partes, a cada rato y sin importar frente a quién esté? Es muy probable que no. Pero quizá no nos hemos detenido lo suficiente como para percatarnos de ello o, como suele ocurrir con los "niños problema", pasamos por alto cuando se porta bien y no fastidia, porque no es el niño bueno el que nos importa sino el malcriado.
En el caso de nuestra anterior historia, es lícito suponer que el leñador cumplía alguna función cortando árboles: hacer ejercicio, cortar leña para venderla o calentar su casa, o que formaba parte de una escuadrilla de obreros empleados por un aserradero. Su conducta cobraría un sentido, podría ser entendi­da, si entendemos a su vez la función que cumple en el contexto específico en el que se da; vale decir, ensanchando la visión y reenmarcando dicha actividad, asumiendo que el hecho de cortar árboles constituye un elemento o subsistema perteneciente a un sistema mayor, el cual le otorga un significado a la actividad y a los elementos que lo componen. La metáfora de las cajas chinas (aquellas cajas que contienen cajas más pequeñas, y éstas a su vez otras más pequeñas aún) podría sernos de utilidad aquí: una conducta específica puede ser entendida apelando a un contexto mayor con el que esté en interacción y que le dé significado, y a su vez puede ayudar a comprender conductas más pequeñas contenidas en aquella.
Lo mismo podríamos hacer con nuestro niñito perturbador: si nos tomamos la molestia de ensanchar nuestra visión, de ampliar nuestro marco de referencia, incorporando en el análisis los diversos elementos en interacción que lo rodean, entenderemos cuál es la función que cumple su conducta desviada. Es posible que nos enteremos que este niño de cinco años, supuestamente poderoso y estigmatizado por sus progenitores, por la escuela y por el diagnóstico tradicional, vive en un hogar en donde los padres son convivien­tes y tienen serios conflictos entre sí; que el padre -antes violento y conciente de su violencia- para evitar seguir siéndolo echa de la casa a su pareja cuando se siente colérico y descontrolado, y logra escapar así de la confrontación; que la madre, de pequeña, era constantemente maltratada por el padrastro, y que ella, a su vez, procura evitar repetir ese patrón de conducta con su hijo siendo excesivamente tolerante, rogándole e implorándole, e intercediendo por el niño ante el padre agresivo.
También nos percataríamos de la siguiente pauta familiar: cuando el niño se torna malcriado o agresivo en casa o el colegio, el padre concentra su atención y su violencia en él, y la desvía de la madre, la misma que, de agraviada o expulsada (con un estatus familiar inferior), pasa a ser apaciguadora de padre e hijo. Esta situación continúa hasta que las cosas en apariencia se calman, la tensión se disipa y el niño disminuye su actividad perturbadora. Entonces el padre deja de prestarle atención, se concentra nuevamente en su señora y toda la secuencia sintomática vuelve a comenzar. Al poco tiempo el niño recae.
Entonces, ¿qué función cumple la conducta perturbadora del niño? Al parecer, ayudar a la mamá llamando la atención del papá como un señuelo. El niño está triangulando entre ambos padres y modulando la distancia entre ellos. Cuando la temperatura conyugal sube y la situación se torna peligrosa, ambos padres emiten mensajes analógicos y/o subliminales que el niño capta; eso activa su alarma interna, lo pone ansioso y desencadena las conductas perturbadoras. En otras palabras, el niño absorbe parte de la energía sobrante en el sistema familiar, que torna peligrosa la supervivencia del sistema. Así contribuye al equilibrio. Asimismo, con ello el estatus inferior de la madre en su relación de pareja se eleva un poco, pasando de ser una mujer agredida e indefensa a ser temporalmente una madre abnegada, cuestionadora del cónyuge, apaciguadora y salvadora de su hijo. Además, a la larga el niño, con su conducta sintomática, "arrastró" a la familia a consultar a un especialista poniéndose él de pretexto. Obviamente nada de esto fue calculado por ninguno de los tres implicados. Nuestro niño es sensible y capta la agresividad paterna y la tristeza materna. Ante ello se pone ansioso, y como no puede expresarlo adecuadamente en palabras, debido a su corta edad, lo hace de la manera que mejor sabe: actuando, estando inquieto, no prestando atención cuando se le insta a hacerlo. En la sesión de terapia se puede captar esta secuencia: juega tranquilo hasta que la madre empieza a hablar de los problemas con su marido; entonces juega más fuerte, hace ruido, tira los juguetes y busca desesperadamente llamar la atención de mamá. De una manera u otra, probablemente por ensayo y error, las respuestas de los implicados se fueron ensamblando entre sí, conformando un sistema o mecanismo autorreforzante que perpetúa sus conductas.
Creemos que el ejemplo anterior hace patente la circularidad básica de todo sistema familiar; todos influyen sobre todos, todos son a la vez víctimas y victimarios. Desde una perspectiva circular-sistémica el buscar culpables es por demás inadmisible. El pensamiento circular plantea que todo efecto es a la vez causa y que toda causa es a la vez efecto. Así está organizada la naturaleza. El niño es provocado por el padre y a la vez lo provoca. Lo mismo puede decirse de la madre y su esposo, o de ésta y el niño. Por ello es conveniente centrar la atención ya no en el sujeto, sino en la interacción. La interacción debe ser la unidad de análisis de la conducta.
También es importante comprender que todo sistema es teleológico; busca alcanzar un objetivo que lo articule y le dé un sentido. Y el objetivo por antonomasia de todo sistema abierto es la supervivencia y el mantenimiento del equilibrio interno. Esto llevado al plano familiar supone que cualquier recurso es lícito si de mantener la homeostasis se trata. Y muchas veces el único recurso que le queda a la familia es la patología (Andolfi, 1985).
El modelo sistémico plantea que la mayoría de síntomas cumplen una función reequilibrante y de supervivencia, y que mientras subsista la necesidad familiar que le dio origen el síntoma se mantendrá. Esto es válido igualmente para trastornos aparentemente individuales y que surgen en familias supuestamente "normales". De allí la necesidad de cambiar nuestra visión moralista del síntoma; que dejemos de verlo como algo intrínsecamente malo y que lo asumamos desde una perspectiva funcional y pragmática. El síntoma aparece porque es "útil" para la familia; y puede serlo de distintas maneras. Mencionaremos a continuación algunas cuantas:

- El síntoma define la situación en familias donde el panorama es confuso o difuso. Cuando hay pugnas por el poder, roles poco claros, comunicación inadecuada, falta de espacio para cada miembro, etc., que alguien se enferme define la situación como problemática e insostenible, y eso es ya un avance entre tanta ambigüedad. Recordemos que la incertidumbre es intolerable para el ser humano (Hoffman, 1992).
- El síntoma protege y encubre, y a la vez libera de responsabilidad a quien lo porta. Al enfermo no se le puede exigir conductas normales ni imponer obligaciones. Sólo cabe protegerlo y aguantarlo. Es como otorgarle patente de corso a alguien que no encuentra otra manera de escapar de una situación insostenible (recordemos el doble vínculo de Bateson, 1972).
- El síntoma distrae la atención de problemas mayores que pueden tornarse muy peligrosos si se les afronta directamente. Cuando hay problemas conyugales, por ejemplo, la repentina aparición de síntomas en un hijo puede prevenir que los padres se separen, pues se ven obligados a hacer causa común o a plantearse una tregua temporal. De igual modo, si ambos padres están demasiado cerca y ello empieza a incomodar a uno de los dos (por ejemplo, un cónyuge puede interpretar como amenazante o intrusivo las demandas sexuales o afectivas del otro), la enfermedad del hijo puede separarlos, y darle un respiro al que se siente acosado, so pretexto de cuidar al enfermo. En síntesis, el síntoma modula la distancia marital.
- En otras ocasiones el síntoma sirve de mensaje para dar a entender que la situación familiar es insostenible; que se requieren cambios cualitativos o de segundo orden, o, por el contrario, que un cambio en los momentos actuales puede ser peligroso para la supervivencia familiar. Los síntomas y sus consecuencias pueden ser un freno o un catalizador de la evolución familiar.
- Muchas veces la presencia de determinada sintomatología termina arrastrando a toda la familia a terapia, y es allí que empiezan a tratarse los verdaderos problemas que el síntoma encubría.
- El síntoma cambia la correlación de fuerzas al interior de la familia. Un miembro que se ubica en un estatus inferior puede subir de nivel enfermándose y aferrándose a su patología. Un esposo puede demostrarle a su casi perfecta esposa que no lo es tanto dedicándose a la bebida y saboteando todo intento que ésta haga por rehabilitarlo. El alcoholismo del esposo puede ser el talón de Aquiles de la mujer y el único terreno en que el esposo sale victorioso.
- Un efecto similar puede obtenerse cuando el paciente se asocia a un miembro de la familia con poco estatus. Como en el caso de Juanito, la madre víctima se convierte en abnegada y protectora (y sube su nivel) gracias a la conducta perturbadora del niño, que le da la ocasión de convertirse en heroína.

Hemos mencionado sólo unas cuantas de las múltiples funciones que pueden cumplir los síntomas y trastornos psicológicos en el sistema familiar. En todo caso debemos recordar que, desde la perspectiva sistémica, la patología es siempre una respuesta absurda para una situación igualmente absurda. El síntoma es también una metáfora de la dinámica familiar. Siguiendo las reglas de la metonimia, el trastorno en sí y la trama de relaciones que se teje en torno al mismo es una muestra en pequeña escala de lo que es la familia en su conjunto. Y esto es válido no sólo para familias obviamente perturbadas. El análisis sistémico es válido para todo tipo de trastorno o conducta perturbada que no tenga una comprobada base orgánica; e incluso en este último caso (por ejemplo en las demencias o en las esquizofrenias) permite entender como la familia utiliza la enfermedad.
La consecuencia lógica de todo ello es que la psicoterapia debe encaminarse a ampliar su foco de atención, tornarse más relacional y ecológica. Creemos que la terapia centrada exclusivamente en el individuo es ya obsoleta. Como decía Ortega y Gasset: "El hombre es el hombre más sus circunsatancias", y nunca como hoy eso se ha hecho más evidente.

Referencias bibliográficas:
- ANDOLFI, M. (1985) Terapia familiar. Un enfoque interaccional. Buenos Aires: Paidós.
- BATESON, G. (1972) Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Carlos Lolhé Editores.
- HOFFMAN, L. (1992) Fundamentos de la terapia familiar. Un marco conceptual para la comprensión de los sistemas. México: Fondo de Cultura Económica.
- KEENEY, B. (1987) Estética del cambio. Buenos Aires: Paidós.
- MINUCHIN, S. (1982) Familias y terapia familiar. Buenos Aires: Gedisa.
- WATZLAWICK, P. y otros (1997) Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder.

Pensando al revés: La Terapia Sistémica Breve como alternativa inteligente y eficaz para el cambio

César Vásquez Olcese & Teresa Mendo Zelada


La solución más simple suele ser la más plausible
Guillermo de Occam


Dentro de la práctica habitual de un psicólogo, de un maestro o de un padre de familia (por mencionar solo algunas situaciones) se suelen presentar casos como el siguiente:

Un joven se muestra muy preocupado por su fobia a enfrentar a sus compañeros de estudio durante sus exposiciones en clase. Refiere sudoración de manos, agitación, y la noche previa a la presentación, insomnio y pesadillas. Maneja su temor evitando presentarse a clase, obteniendo certificados médicos que lo salven de la situación y justifique sus inasistencias. Cuando no lo puede evitar, se resigna a pararse al frente del salón sintiendo como el sudor le corre por la frente y el pecho, las piernas le tiemblan y la mente se le pone en blanco, borrando días completos de estudio y preparación. Rojo como un tomate, pide permiso y se retira del aula desapareciendo por una o dos semanas, y a veces hasta el semestre siguiente. El joven no oculta su sorpresa cuando el terapeuta, en lugar de adiestrarlo en técnicas de relajación o de suministrarle un tranquilizante, le pide que todos los días y durante media hora, se encierre en su habitación y reviva en su mente la tortura de enfrentar al auditorio con todo detalle; es más, le pide que sufra durante esa media hora. Luego, tiene que levantarse, lavarse la cara con agua fría y seguir con su día. La fecha de la exposición debe hacer lo mismo media hora antes de clase, y además debe iniciar su ponencia pidiendo disculpas por su nerviosismo y por los posibles errores que pueda cometer. Luego, que venga lo que venga. La sorpresa es grande cuando al tocarle el turno de salir al frente se siente extrañamente calmado; salvo una ligera agitación en la respiración no nota mayor síntoma de ansiedad. Ni una gota de sudor. Sigue con lo convenido y la exposición transcurre dentro de lo aceptable. Incluso al finalizar la clase un compañero le pregunta dónde aprendió “ese recurso retórico” de pedir disculpas por anticipado. El también quiere usarlo. Algo confuso, no entiende qué es lo que pasa pero decide seguir intentándolo en lo sucesivo. Luego de usarlo una vez más, se da cuenta que ya no lo necesita. Su temor ha desaparecido por completo. Es libre en ese aspecto de su vida.


La situación descrita suele ser uno de los casos “tipo” dentro de la terapia sistémica breve (TSB). Este tipo de terapia constituye un desarrollo posterior dentro de las terapias de orientación sistémica. Busca obtener resultados en el más corto tiempo (generalmente en un máximo de 10 sesiones, aunque normalmente es en mucho menos tiempo), simplificando para ello los procedimientos de evaluación e intervención terapéuticas. Esto ha sido posible luego de décadas de acumular experiencia y de pensar y repensar lo sistémico y lo terapéutico. Se fueron así refinando las técnicas, eliminando etapas y pasos innecesarios, y se adoptó una epistemología posmoderna y constructivista, que flexibilizó la visión del terapeuta, adaptándolo de mejor manera a la realidad del consultante.

Dentro de la TSB encontramos diversos enfoques, pero destacan especialmente dos: la terapia estratégica desarrollada en el Mental Research Institute (MRI) de Palo Alto en California, con Paul Watzlawick (recientemente fallecido) y Giorgio Nardone como cabezas visibles, y la Terapia Centrada en las Soluciones, con Steve De Shazer (fallecido el 2006), Bill O’Hanlon, Eve Lipchik, Michel Weiner-Davis y Kim Soon Berg, como sus más destacados terapeutas.



Paul Watzlawick


Estos enfoques se han ido refinando con los años, llegando incluso a protocolizarse, facilitando así su aprendizaje, y el seguimiento fiel de sus principios y técnicas. Todo ello redunda en beneficio de la eficacia y eficiencia terapéuticas, y además facilita en el terapeuta novato el aprendizaje de la terapia y la adquisición de experiencia útil.

Lo característico de la terapia del MRI es la identificación de los intentos fallidos de solución frente a una dificultad. Bajo la hipótesis de que el problema no es el problema, sino las soluciones que utilizamos y que no funcionan, los terapeutas estratégicos nos enseñan cómo bajo ciertas circunstancias –repitiendo nuestras conductas bien intencionada pero ineficaces- podemos convertir una dificultad de fácil solución en un problema que puede generar patologías severas e ingente malestar psicológico. Hacer “más de lo mismo”, aunque no funcione, constituye la raíz de casi todos los males de la humanidad.

El terapeuta estratégico, basándose en los principios y técnicas de su enfoque, buscará comprender la forma de pensar y reaccionar del consultante; y una vez hecho esto, utilizará todo su arte para generar sutiles cambios en su rígida percepción, y en la secuencia problema-solución infructuosa-problema. Generará un cambio de 180º, un hacer lo opuesto a lo habitual, que destrabe la situación y lleve a buen fin el problema por el que solicitó ayuda.




Giorgio Nardone


Podemos ejemplificar lo dicho en el siguiente caso: una mujer se queja de que su hijo adolescente no la obedece cuando le pide que haga las tareas. Esto está llevando a un bajo rendimiento escolar y a un acelerado deterioro de su relación con él. Los intentos de solución de la madre han sido llamarle la atención, gritarle, llorar de rabia frente a él, castigarlo físicamente, quitarle el habla durante días y acusarlo con el padre. Desde su perspectiva “a hecho todo lo imaginable”, y considera que sus soluciones son las únicas adecuadas, puesto que debe legitimar su postura como autoridad frente a él. Esta concepción, rígida por demás, la lleva a “aumentar la dosis” de lo que no funciona, y le impide percatarse de que ella ahora es parte del problema y no de la solución.

El terapeuta en este caso debe empezar por evitar darle la contra a la señora; de ser así se ganaría su animadversión y sería expulsado del sistema como un cuerpo extraño y amenazante. Confirmar su percepción, señalándola como bien intencionada y sacrificada, ayudará generar alianza con ella y a facilitar el trabajo en conjunto, ahorrando mucho tiempo en la terapia. Si a ello le suma el redefinir la conducta del hijo, ya no como rebelde o mal intencionada, sino como de “oído duro”; como alguien que de tanto oír lo mismo ya “se acostumbró” y no discrimina cuando se le habla en serio y cuando no, no solo captará la atención de la madre sino que le generará una nueva visión de la situación, es decir, un reencuandre cognitivo que ayudará al cambio. Manteniendo la “intención positiva” de la mamá, se le inducirá a interesarse por una manera diferente de captar la atención del hijo, y de esta forma lograr la meta deseada. La destreza y creatividad del terapeuta lo llevarán a sugerir una intervención ad hoc: normalmente una tarea que rompa la secuencia problema-solución. La tarea de la sorpresa o una variante de la técnica del “sabotaje benévolo” podrían ser de utilidad aquí. Y no sería de extrañar que en la segunda entrevista la señora reporte cambios significativos.

Actualmente la terapia del MRI ha experimentado cambios interesantes. Conocida como terapia estratégica evolucionada, los aportes novedosos han venido sobre todo de Giorgio Nardone y su grupo de Arezzo en Italia. Ellos han desarrollado una muy interesante forma de terapia super breve conocida como “diálogo estratégico”. En ella -conservando las ideas y técnicas del MRI original- han incorporado los aportes de la tradición sofística, la ilusión de alternativas (utilizada profusamente por Milton Erickson), el viejo arte de las estratagemas chinas y las geniales ideas de Blas Pascal para el arte de la retórica y la persuasión. Haciendo uso de una verdadera “orfebrería del lenguaje”, el terapeuta logra convencer al cliente, en muy poco tiempo, de renunciar a su postura inadecuada y de adoptar la del terapeuta…asumiéndola como propia. Y hace todo esto sintiéndose en todo momento entendido y aceptado.

El diálogo estratégico, de Giorgio Nardone


En lo que a la Terapia Centrada en las Soluciones (TCS) respecta, ésta constituye un desprendimiento y posterior evolución de la terapia estratégica. Surgida casi por accidente, su idea principal postula que un problema no se presenta el 100% de las veces; y que cuando no lo hace es porque estamos implementando cambios sin darnos cuenta o sin valorarlos lo suficiente. La identificación de estas ocasiones en las que el problema brilla por su ausencia (llamadas excepciones), además de las acciones que realizamos en estos casos y su mantenimiento en el tiempo, constituyen la esencia de la TCS. La idea es simple: si te das cuenta de lo que haces cuando tu problema no se presenta, y lo sigues haciendo…pues tu problema se resolvió.


Steve De Shazer


Puede parecer muy simple el concepto, pero detrás de él se ocultan muchas ideas novedosas: una actitud positiva y optimista del ser humano; un uso especial del lenguaje, llamado lenguaje presuposicional; una forma novedosa de entrevistar y de evaluar el comportamiento; y, sobre todo, una eficacia terapéutica muy alta. La cantidad de recursos a disposición del terapeuta es enorme. Lo esencial aquí es ir canalizando el lenguaje y la percepción del consultante, desde el problema a las ocasiones en las que éste es derrotado por la persona que solicita ayuda. Casi sin darse cuenta y en muy poco tiempo, los clientes perciben cambios internos significativos que los tornan más optimistas, y se abren ante sí diversas posibilidades no vistas antes. Cuando ello ocurre, la solución suele esperar a la vuelta de la esquina.



Insoo Kim Berg


Como caso que ejemplifique lo antes dicho, podemos citar a la señora que acude a consulta muy preocupada por la tartamudez de su hijo. El niño de 6 años presenta tartamudez muy acentuada desde que ella empezó a trabajar hace unos meses. Se la escucha con atención, validando su preocupación y sus deseos de hacer algo. Luego se le aplica la “pregunta del milagro” (de uso común en la TCS), solicitándole que describa la situación ideal e imaginaria donde el problema de su hijo no se presenta “por arte de magia”. Ella describe detalladamente dicha situación, la conducta de los implicados (ella, sus hijos y el esposo) y el significado psicológico que tendrán los cambios cuando se den. El desarrollo de este “milagro” va desplegando ante la consultante un panorama lleno de opciones que surgen de ella misma; su cambio de ánimo y actitud son evidentes y positivos. Ahora solo basta solicitarle que durante la semana identifique en qué ocasiones este “milagro”, o parte de él, se hacen realidad; y, si se anima, que ella misma busque realizarlos intencionalmente. A la semana siguiente retorna a consulta señalando que durante todos esos días la tartamudez del hijo ha desaparecido casi por completo. Está exultante y feliz; muy motivada para seguir adelante. A través de otras preguntas y apreciaciones se busca consolidar el cambio. Luego de una llamada por teléfono un mes después, se da por terminada la terapia, al no existir recaídas significativas. En caso de episodios eventuales de tartamudez, la madre ya sabe cómo actuar y se siente confiada.



Bill O'Hanlon


De haber adoptado una postura tradicional, posiblemente se hubiera complicado la situación con innecesarias evaluaciones y derivaciones a especialistas de audición y lenguaje. Aquí se percibe que la “navaja de Occam” sigue tan afilada y efectiva como siempre: la explicación más simple suele ser la más plausible.


Estos enfoques terapéuticos se encuentran ya a nuestra disposición. Podemos aprenderlos y dominarlos. Y no son solo están destinados a los psicólogos o psiquiatras. Cualquier profesional puede aprender y aplicar, adaptándolo a su campo de acción, las ideas de la TSB y obtener resultados asombrosos. Sea en el campo de la salud, la educación, la empresa (Nardone a escrito específicamente sobre las organizaciones y su abordaje estratégico), y la vida cotidiana, la búsqueda de soluciones y el problem-solving estratégico pueden hacer la diferencia. Como lo hicimos en un artículo anterior, consideramos que la TSB constituye una alternativa necesaria y adecuada a nuestra realidad tan necesitada de soluciones. Al igual que las TIC y el EFT, la TSB constituye, entonces, también una terapia de última generación.

¿ME AMARA PARA SIEMPRE?


Amor, sexo y rituales

César Vásquez Olcese
Psicoterapeuta

No es amor
son sólo manchas en el pantalón;
no es amor, son sólo huellas de sudor
en tu corazón...

- La liga del sueño -

En mi experiencia de años como psicólogo clínico y terapeuta de familias y parejas me he encontrado con innumerables casos de relaciones que mueren de inanición, por descuido y falta de atención. Al igual que los protagonistas de la película Closer, muchos de los que se emparejan piensan ingenuamente que sólo basta con atraerse, iniciar la relación, juntarse y dejar que la vida haga el resto. Como si el amor fuera una corriente sobre la que podemos descansar plácidamente, dejando que nos lleve a donde quiera.“El amor es eterno mientras dura...” dice una sabia frase, cuyo origen desconozco, y que me gusta citar a mis alumnos en clase, para estupefacción y desencanto de muchos. En el ser humano nada es eterno, y especialmente los sentimientos. Al menos si no se trabaja en ellos constantemente. Las relaciones, los romances, los matrimonios, son cada vez más efímeros; es una de las consecuencias de vivir en una era posmoderna, donde todo es light y perecible...con fecha de caducidad, mismo yogurt bajo en calorías. La fobia al compromiso, a asumir responsabilidades de las que uno no se pueda safar con facilidad, cunde. Por algo preferimos coquetear y enamorarnos por Internet, chateando, que hacerlo con la persona de carne y hueso sentada junto a nosotros en la cabina de al lado.Cuando le agregamos sexo a esta forma de relacionarnos, el panorama se torna explosivo y autodestructivo.
Aunque se piense lo contrario, los peruanos (y especialmente las peruanas) todavía somos conservadores. El sexo nos importa demasiado; lo idolatramos, le tememos, lo deseamos, le huimos y también jugamos con él, como un niño con una granada de mano. Creemos que al usarlo definimos nuestro destino, lo que somos y valemos. Pero no estamos muy dispuestos a asumir la responsabilidad por nuestros orgasmos. Aún así, no pensamos mucho para entregarlo. Como si sufriéramos de cierta miopía o tendencia al autoengaño, y confundiéramos lo efímero y lo superficial con lo sólido y lo profundo. La tragedia viene después, con legiones de chicas (y algunos chicos) con la autoestima estropeada, sintiéndose usadas, culposas y con menos valor en el mercado del corazón, por haber sido demasiado expeditivas a la hora de compartir la almohada.Opino que una de las razones más importantes para que las relaciones se conviertan en víctimas de la entropía positiva, se desorganicen y acaben en la muerte térmica (es decir, se enfríen y el amor se evapore) es la “simplificación administrativa” relacional. Denomino así a la ausencia de rituales y de experiencias significativas compartidas entre los miembros de la pareja. La propuesta de De Soto puede que sea un gran avance en el campo de la burocracia estatal y municipal, pero es un desastre en el terreno del amor. Una relación “simplificada”, en la que te conozco en una fiesta o una disco, me gustas, "chapo" contigo y nos juntamos, sin más, y en la que trato de evitar complicaciones y costumbres “envejecidas”, fuera de moda, tiene buenas probabilidades de acabar rápidamente.Ciertas costumbres ritualizadas (desde el cortejarse, el declararse, regalarse ositos y flores, conocer y frecuentar a la familia de mi pareja, salir los fines de semana, etc. hasta el cambio de aros, la despedida de solteros y la boda, con toda su complicación y parafernalia) y el compartir experiencias dignas de recordar, fundacionales (viajes, paseos, sustos compartidos, enfrentar problemas, enfermedades, ver puestas de sol y paseos por la playa, etc.) cumplen la función de remaches, de anclajes o de amarras afectivas y cognitivas de la relación y sus componentes. Apuntalan el vínculo, le dan un sentido y un significado, conectándolo plenamente con mi historia personal. Crean un fondo de experiencias y recuerdos compartidos (que posibilita pensar en términos de “nosotros”) sobre el cual resalta la figura (la relación), adquiriendo ésta significado de aquel. Ahora estar contigo forma parte de mi vida; significas algo para mí, cumples una función, fperteneces a mi memoria histórica, a mi narrativa; otorgas un significado más a mi existencia: ergo, te amo. Esta relación es algo que me costó, involucró tiempo y esfuerzo, y que vale la pena mantener.No es en vano que quienes sobreviven a un asalto de banco, a un accidente de ómnibus o de avión, a una guerra, o a un secuestro en grupo, etc., comienzan siendo completos desconocidos y terminan estableciendo vínculos de fraternidad y compañerismo que duran toda la vida. La experiencia en común -fuerte, intensa- cumple el rol casi instantáneo e indeleble de unirlos de por vida. La vivencia se constituye en ritual.La vida está plagada de ritos y rituales. Los encontramos en todas partes. Son conductas complejas, repetitivas, de alto valor simbólico. Tienen la función de hacer surgir estados psicológicos (emociones, sentimientos, pensamientos). Los rituales son facilitadores de dichos estados psíquicos y conductas, positivos y negativos. Pero no nos confundamos; no hablamos de rituales mágicos, new age, de quema de inciensos para atraer espíritus o energías cósmicas ni de tarot. Hablamos de los rituales cotidianos, que están presentes desde que nos despertamos hasta que nos volvemos a dormir.Ejemplifiquemos esto. Es menos probable que tenga deseos de orar y de reflexionar sobre mi vida espiritual estando sentado en una combi camino al trabajo que estando arrodillado en misa. Como dice Pascal en su apuesta, es más fácil que un ateo se convierta en creyente, comportándose como si ya lo fuera, es decir, usando agua bendita, recibiendo los sacramentos, rezando, etc. (Nardone y Watzlawick, 2001). Los rituales religiosos, aunque a muchos les parezcan innecesarios y aburridos, pueden hacer la diferencia entre mantener mi fe o ver que ésta se esfume de a pocos, convirtiéndome en un “tibio” (como dice la Biblia), de esos que creen en un “algo” que no pueden definir muy bien (y tampoco les interesa). No, no es lo mismo orar en medio de decenas de personas que también lo hacen, con música sacra y rodeado de símbolos religiosos, creando un ambiente imponente y sobrecogedor, que hacerlo sentado en mi sofá, preguntándome a mi mismo por qué lo hago y para qué sirve todo esto.De igual manera, el servir la mesa, colocar los platos y cubiertos, sentarse en el lugar de siempre, a la hora de siempre, probablemente hará surgir más fácilmente el hambre y hasta la secreción de jugos gástricos, que simplemente comer una hamburguesa en una carretilla al paso, en medio de la calle y camino de cualquier parte.El deseo sexual, las funciones evacuatorias, las ganas de estudiar y la concentración, el advenimiento del sueño, y hasta las ganas de bailar, surgen más fácilmente en un ambiente ritualizado, realizando conductas propiciatorias antes, durante y hasta después, aunque no nos demos cuenta de que lo son.¿Y en el caso de amor? La respuesta es obvia. El amor no escapa a los rituales. Los rituales del amor de denominan coqueteo, “afanamiento”, seducción, flirteo, enamoramiento, conquista, galanteo. Buscan hacer surgir el sentimiento donde sólo hay atracción, gusto o deseo. Quienes los usan saben que la química no basta, que las feromonas disminuyen y se acaban cuando no hay rituales, y sus significados, para hacerlos surgir de nuevo.La conclusión es obvia: ritualicemos nuestra relación; sigamos los rituales sociales del enamoramiento, el noviazgo y el matrimonio (cada sociedad prescribe los suyos). Pero no lo hagamos por imposición ni porque somos anticuados sino por elección; porque es bueno psicológicamente hablando. Llenemos nuestra historia como pareja con eventos dignos de rememorar; mismo albúm de fotos que revisamos cada cierto tiempo entre sonrisas y recuerdos. Tal vez eso, a fin de cuentas, sea el amor: un gran album de recuerdos que nos une y nos fortalece.

El “síndrome de Rambo” o la identidad como relación


El “síndrome de Rambo” o la identidad como relación
César Vásquez O.
I
“Mucho antes de que nos comprendamos a nosotros mismos por medio del proceso de autoexamen, nos comprendemos de un modo autoevidente en la familia, la sociedad y el Estado en que vivimos. El foco de la subjetividad es un espejo distorsionante. La autoconciencia del individuo sólo es una llama vacilante en los circuitos cerrados de la vida histórica.”
- H.G. Gadamer –


En la película Rambo (First Blood, es su título inglés), se nos presenta al personaje del mismo nombre, un ex-combatiente de la Guerra de Vietnam. Vuelto a casa sin pena ni gloria, y más bien vituperado por los pacifistas y los hippies, John Rambo deambula por su país sin rumbo ni objetivo. Busca sin éxito a sus compañeros de armas y se dedica a trabajos eventuales que están muy por debajo de su calificación como militar profesional de nivel A1 (ex boina verde, elite de la elite). Todo un “looser”. Y se mete en líos; serios líos.El personaje presenta también una condición interesante, que dará pie al desarrollo del largometraje. Frente a ciertas situaciones disparadoras –la golpiza que le da la policía, el intento de afeitarlo- experimenta flashbacks junto a reacciones de pánico y furia. Sufre también esporádicos momentos de desorientación: a veces se despierta, según sus propias palabras, “sin saber dónde estoy ni quién soy.”Para quienes compartimos el triple interés por el estudio del trauma psicológico, la personalidad y la historia bélica, resultará fácil detectar en Rambo el Trastorno de Estrés Post-Traumático –igualmente llamado psicosis de guerra-, y específicamente el “Síndrome de Vietman”. Éste último se caracteriza también por un deseo compulsivo de retornar al combate, motivado por una sensación irracional de invulnerabilidad. Los veteranos que lo padecen piensan que si sobrevivieron a la guerra y sus peligros nada puede pasarles. Eso los llevaba a reenlistarse una y otra vez, al finalizar su año de servicio en el frente, y a vivir al borde del peligro constantemente en la vida civil [1].John Rambo –si nos atenemos a lo visto en el filme-, en el plano funcional es casi una nulidad cívica. Inadaptado, arisco, agresivo. Asocial y sin relaciones objetales significativas, no trabaja ni produce. Tampoco sabe muy bien quién es. En términos de las funciones del Yo, sufre de difusión de identidad (Kernberg, 1987) o de un pobre Yo-personalidad (Spagnuolo, 2002). Sólo recupera momentáneamente el pleno de sus habilidades cuando encuentra nuevamente un conflicto en el cual involucrarse. Es en la guerra y, más precisamente, ante la presencia de un enemigo, que Rambo sabe quién es –el ex boina verde. Y actúa como tal muy eficazmente. Como si necesitara un espejo en el que mirarse –el otro conflictivo- y, por contraste, ver reintegradas las piezas de su identidad fragmentada.La situación extrema de nuestro personaje puede rastrearse fácilmente -aunque sin tantas explosiones ni muertos-, en la vida cotidiana. Miles de individuos con el “Síndrome de Rambo” deambulan por las calles tratando de aferrarse a un autoconcepto y una autoimagen que se les escapa de las manos. En la jerga profesional se les conoce como estructuras borderline, limítrofes o fronterizas de personalidad. Y aunque antes eran raros o estaban mal diagnosticados, ahora constituyen legión. Son las víctimas más evidentes del notable deterioro de las relaciones interpersonales.

II
La modernidad, entre muchas otras cosas, propició el desarrollo del individuo, de la identidad y de la subjetividad individual. El Yo moderno surgió del reciclaje de las relaciones interpersonales, al dejarse atrás las formas premodernas y medievales de vínculo. El nuevo sujeto, conciente de quién es y de sus derechos, solo fue posible como resultado de recibir un trato interpersonal previo distinto, en la crianza y las relaciones cotidianas. Ello fue consecuencia y reflejo a su vez de formas de producción y de intercambio nuevas (relaciones sociales diferentes), que requerían de ciudadanos con voluntad plena y mayor autodeterminación. El esclavo y el siervo de la gleba, carentes de individualidad y de ciudadanía –como la entendieron los gestores de la Ilustración y de las revoluciones americana y francesa-, eran obsoletos y poco útiles para empujar el proyecto que la modernidad perseguía.Tengo conciencia de igualdad; tengo derechos. No puedo ser usado como un objeto semoviente. Puedo, y me sirve, desarrollar una identidad. Tengo la posibilidad de relacionarme con otros libre y espontáneamente. Esto da pie a la solidaridad, a la organización, al surgimiento de nuevas instituciones sociales, al gremialismo. Las ideologías emergentes consolidan las nuevas praxis sociales.Existen también las condiciones para que surja el amor tal como lo entendemos ahora. Ya no me caso por conveniencia, obligación o solo por huir de la pobreza. El amor romántico medieval se democratiza y se vuelve condición para el emparejamiento. Sobre la base de esto, las relaciones de pareja y de crianza cambian. La familia se transforma pareciéndose cada vez más a la familia nuclear pequeñoburguesa. Las relaciones objetales dejan una impronta diferente en nuestra psiquis. Entonces el mundo interno cambia y la personalidad occidental se transforma lenta e imperceptiblemente. El paulatino acceso de las masas a la educación crea espacios de reflexión nuevos. Se lee más; se medita más. La autoconciencia crece. Tenemos así al hombre moderno: ideológico, perseguidor de utopías, con fe en el futuro y en el progreso. Es un ser teleológico. Interiormente tiene forma. Está psicológicamente vertebrado por aquello en lo que cree.

III
La posmodernidad implica una pérdida de muchos de esos referentes. Los discursos ético, científico, literario, axiológico, coloquial, son emparejados y vistos como simples relatos. Ninguno es más válido o más importante que el otro. La columna vertebral del hombre moderno se desmenuza como picado por un furibundo cáncer a los huesos. Lo que antes parecía sólido y eterno –la religión, la familia, la pareja, el amor, la solidaridad- se vuelve relativo y prescindible. La desilusión posmoderna, con sus cambios sociales e ideológicos, supone también un cambio en la subjetividad. Los espacios dejados por los grandes y pequeños relatos no son ocupados por nada relevante. El vacío, el tedio, la cómoda indiferencia cunden. Como no hay nada atractivo en que creer, la fuerza centrípeta y cohesionadora de la ideología es reemplazada por lo centrífugo y la dispersión del escepticismo. El individualismo cunde y es elevado a valor moral. Lo resultante son relaciones diluidas, en las que la falta de compromiso es aceptado y visto como lo normativo.En un contexto “light” (Rojas, 1998; Lipovetsky, 2000) los vínculos interpersonales también se tornan insoportablemente livianos. Al punto que la impronta que dejan pasa a ser casi imperceptible, y sirve de poco como elemento constitutivo de la identidad individual. El resultado es la fragilidad de los referentes internos, que llevan a que el sujeto, cada cierto tiempo, pierda de vista quién es, qué busca, en qué cree, a quiénes ama y –lo más importante- quiénes lo aman. Está claro que no nos referimos a la amnesia. La persona tiene presente la narrativa de su historia personal. El problema es con los significados personales del entorno y su correlato interno. No existen o son muy pobres. Se vive así un estado crónico de aburrimiento y tedio, carencia de incentivos, viendo que las cosas y las personas están, pero poco importan; y que nosotros tampoco les importamos –que es lo más desesperante. No es la abulia del esquizofrénico. Es algo menos grave y menos deteriorante. No es algo que se pierde; nunca se tuvo. Es similar a un estado de depresión sin tristeza. Como dice Erik Erikson: “En la jungla social de la existencia humana uno no puede sentirse vivo si no tiene un sentimiento de identidad.”Este estado es tan insoportable que las personas buscan frecuentemente experiencias límite que le pongan un poco de sabor a su vida. Ahí entran a tallar las adicciones (drogas, alcohol, sexo, relaciones); actividades peligrosas (deportes extremos y adrenalínicos, riesgos innecesarios); promiscuidad sexual sin goce (“solo por no estar sola”) y conflictos interpersonales constantes. Necesitan algo que los active para no caer en rumiaciones depresivas y suicidas. Con serios problemas de apego, buscan a alguien que las llene y les dé soporte (holding), y ello las vuelve propensas a la idealización y al subsiguiente desengaño. El molde que forjaron en su niñez carencial –extremo, irreal- nunca es llenado satisfactoriamente en sus relaciones. La ilusión exacerbada inicial cede el paso a una desilusión teñida muchas veces de odio y manifestaciones de agresividad infantil. Frustrados, hacen daño, física y psicológicamente, y se hacen daño de la misma manera. En su búsqueda esperanzada el limítrofe encuentra un alter que lo sostiene, que aparentemente le da lo que desea, y del que se “enamora” perdidamente; pero al poco tiempo advierte que éste no da la talla, muestra sus inevitables defectos y su imagen se resquebraja sin remedio. Es entonces cuando el paralelo con la película Rambo se hace notorio. El otro se transfigura en una especie de “vietcong” o de “policía rural norteamericano”. Sea porque lo ama, sea porque lo odia, su presencia le sirve de espejo empañado y fragmentado: soy yo porque no soy tú; gracias a ti, a que te puedo enfrentar, sé que soy yo. En medio del tráfago emocional que vive, temporalmente tiene un esbozo de identidad.

IV
John Shotter refiere: “Debemos reemplazar, como punto de partida, una presunta ‘cosa’ (…) localizada dentro de los individuos por otra localizada (…) dentro de la conmoción comunicativa de la vida cotidiana” (Gergen, 1997). Consecuentemente, en la comprensión del fenómeno descrito asumimos la hipótesis batesoniana de una “ecología de la mente”. Creemos que la subjetividad individual es el resultado de la interacción, del entramado relacional y lingüístico que se actualiza constantemente. Más aun, lo “psíquico” y la personalidad son relación. Fuera de la relación concreta -en el aquí y ahora- no existe lo mental. Como dice Bateson, la mente es “extracerebral”. Cerebro + contexto = mente.Lamentablemente no podemos abundar en este punto, harto complejo y extenso, así que remitimos a los interesados a textos esenciales que pueden ayudar a esclarecer estas ideas (Bateson, 1976; Guidano, 1994; Gergen, 1997).La importancia de considerar la calidad de los vínculos para comprender la naturaleza y calidad de la subjetividad individual y colectiva es, entonces, evidente. Si las personas se conectan de manera superficial, indiferente y egocéntrica, el Yo resultante compartirá esas mismas deficiencias. En tal sentido, las organizaciones borderline de personalidad vienen a ser el resultado previsible de la sociedad y cultura posmodernas. Así como las personalidades neuróticas –especialmente la histérica- reflejaban la represión, el orden y la doble faz de la modernidad, los “border” –con su vacuidad y tedio crónicos- son los herederos directos de “la era del vacío” (Lipovetsky, 2000).

V
Antes de finalizar, queremos realizar algunas precisiones sobre el término “Síndrome de Rambo”.Para los profesionales de las ciencias médicas el síndrome viene a ser una entidad patológica configurada por un conjunto definido de signos y síntomas. Algo similar a la enfermedad, aunque sin la precisión nosológica de esta última. Nosotros, en cambio, asumimos el concepto con una amplitud mucho mayor; casi como una metáfora. Con el término síndrome queremos representar varias cosas a la vez: un panorama socio-cultural contemporáneo, un proceso relacional predominante derivado de ésta y un estado anómalo de la personalidad, que es su consecuencia más palpable.

Referencias bibliográficas.-
- Bateson, G. (1976) Pasos hacia una ecología de la mente. Una aproximación revolucionaria a la autocomprensión del hombre. Buenos Aires: Carlos Lohlé.
- Gergen, K. (1997) El yo saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Barcelona: Paidós.
- Guidano, V. (1994) El sí-mismo en proceso. Hacia una terapia cognitiva posracionalista. Barcelona: Paidós.
- Kernberg, O. (1987) Trastornos graves de la personalidad. México. Manual Moderno.
- Lipovetsky, G. (2000) La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama.
- Rojas, E. (1998) El hombre light. Una vida sin valores. Madrid: temas de hoy.
- Spagnuolo, M. (2002) Psicoterapia de la Gestalt. Hermenéutica y clínica. Barcelona: Gedisa.

[1] Para detalles más gráficos remito al lector a las secuelas Rambo II y Rambo III, y a películas relacionadas al tema como Sin miedo a la vida, con Jeff Bridges; la nacional Días de Santiago, y las recientes Jarhead (El infierno espera) en el personaje de Jaime Foxx (el sargento Sykes), y la argentina Iluminados por el fuego, sobre la Guerra de Malvinas.